EL MAGNIFICAT

“Y DIJO MARÍA” (Lc1, 46)

( Extraído del libro, MARÍA, LA BENDITA HEBREA )


En el momento que Isabel culmina su saludo a la Virgen anunciándole proféticamente: “Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45), María prorrumpe en la exultación más sublime y conmovedora que ser humano haya pronunciado:


«Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.






 

     

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- a favor de Abraham y de su linaje por los siglos.» (Lc 1, 46 – 55)
De toda la Escritura, el Magnificat es el canto por excelencia, y el más sublime poema de todos los tiempos. Uno de los más connotados mariólogos, Gabriel Roschini, fue categórico al decir: "Con este solo himno Ella ha venido a ser la Reina de los Poetas".


Un enamorado de la Virgen, Santo Tomás de Villanueva en uno de sus sermones, (una de las páginas más bellas que ha escrito, sobre la Virgen), hizo una alabanza, verdadero memorial sobre este himno:


"La Escritura nos refiere otros cánticos de mujeres ilustres, para no hablar de los himnos entonados por los hombres: Débora cantó su victoria sobre Sísara, Judit a la muerte de Helofernes, la hermana de Moisés sobre Faraón sumergido en el Mar Rojo, y también Ana cantó en agradecimiento a Dios por el nacimiento de su hijo Samuel.


 

   
 
 

 

         

¡Más que distinto placer es oír el cántico de nuestra Profetisa! Nos parece escuchar a un hábil arpista que ahuyenta los demonios con sus acordes armoniosos, tal como en otro tiempo David ahuyentaba con su canto la ira que agitaba a Saúl. Su misma arpa no era más que una figura de la de María, y ciertamente aquélla encerraba un misterio y significaba esto que ahora se ha cumplido, pues debido a los acordes de María el demonio ha sido desterrado, el Precursor santificado, el niño salta de júbilo y el niño profetiza.
¡Oh cántico maravilloso! Jesucristo dicta desde el interior y la Virgen canta. No podía ser menos encantador este himno con tal compositor y con tal cantante!


Mas el asunto mismo que era objeto del cántico es tan alto que ningún lenguaje puede llegar a la sublimidad. María no cantaba la victoria de los conquistadores más famosos, la derrota de Faraón y su ejército engullido en el mar o el paso milagroso de Israel a través de sus olas suspendidas.
Ella canta prodigios más grandes, y tiene los más nobles motivos para hacer sentir sus acordes; Ella celebra misterios mucho más sublimes y reconoce beneficios magníficos; Ella da gracias no solamente por un hijo profeta, sino por el Dios y el Señor de los Profetas.


Ella canta al Creador que lleva en su seno; al Verbo que se ha hecho carne; a las entrañas misericordiosas de la bondad divina; los grandes humillados; los pequeños ensalzados; los pobres enriquecidos; el poder infinito del amor; la reparación del mundo; la derrota del demonio; la destrucción del pecado: He aquí los nobles asuntos que Ella celebra. ¿Se habían oído de la boca de Safo cantos tan melodiosos? ¿Alguna vez había dado la lira de esa poetisa sonidos tan suaves?


El estilo admirable corresponde a la profundidad del misterio: es suave, breve, florido, delicado, límpido, acompasado, adornado, gracioso, amable, rebosante de unción y piedad. ¡No sabrías a qué cosa dar preeminencia, si a la elegancia o a la sabiduría! Una gracia fascinadora reina en todo el cántico; el método del discurso es breve; el sentido que encierra es infinito; las sentencias que contiene son de las más suaves y profundas: Jamás mujer alguna ha hablado de tal manera; jamás virgen alguna ha entonado tan bellos cantos. ¡Oh musas de todos los siglos, callad! y vosotros también callad, Oh musas tan afamadas del paganismo. Que queden en silencio las sibilas furibundas, que se esconda la poesía, que se calle la dulce sirena, y que el ruiseñor cese en adelante su gorjear. Callad, callad, alabanzas armoniosas de los hombres y de los pájaros. El arpa real resuena, La Virgen Madre de Dios canta..."


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En el Magnificat, la Virgen poseedora de un conocimiento profundo de las Escrituras, celosamente meditado y guardado en su corazón, inspirada por el Altísimo pone de manifiesto en primer término los portentos que el Señor ha hecho en su pequeñez, y a renglón seguido proclama la más grande profecía que se ha cumplido y se seguirá cumpliendo a través de todos los siglos:


“DESDE AHORA TODAS LAS GENERACIONES ME LLAMARÁN BIENAVENTURADA”.
En esta sola frase del Magnificat me voy a detener, porque estas ocho palabras que la conforman, encierran un misterio escondido que a mi modo de ver es el centro del Magnificat: Ella es la excelsa, la única, Bienaventurada por siempre y bendita por toda la eternidad.


“DESDE AHORA TODAS LAS GENERACIONES ME LLAMARÁN BIENAVENTURADA”.
Parece inaudita esta expresión vertida por la Virgen, conociendo su perfectísima humildad, pero diría que la Virgen en un acto de obediencia y sumisión total al Eterno, (aún en contra de su voluntad, como transportada por los ángeles y sin plena conciencia de lo que decía), llena del Espíritu Santo, pronuncia estas benditas y memorables palabras que siguen resonando hasta nuestros días y seguirán resonando por toda la eternidad:


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“DESDE AHORA TODAS LAS GENERACIONES ME LLAMARÁN BIENAVENTURADA”.
A partir de ese instante la Virgen fue glorificada y encumbrada por el Señor, por toda la eternidad.
El término Bienaventurado, Jesús lo introdujo al comienzo de su discurso inaugural que dirigió a la muchedumbre, en el llamado Sermón de la Montaña.


Las nueve bienaventuranzas pronunciadas por Jesús y recogidas por el evangelista Mateo al inicio del capítulo 5 describen plenamente lo vivido por su querida madre la Virgen María. Ella es la BIENAVENTURADA POR EXCELENCIA y con toda justicia, ha sido exaltada y elevada para ocupar el trono celestial en el “reino de los cielos” junto a la Santísima Trinidad.


El Canciller Juan Gerson le dice a la Virgen:


“Eres bienaventurada porque has creído, porque estás llena de gracia; eres bienaventurada porque eres bendita entre todas las mujeres y porque el fruto de tu vientre es santo; eres bienaventurada porque el Todopoderoso ha hecho en ti grandes cosas; eres bienaventurada porque eres la madre del Señor, porque posees la alegría de la maternidad junto con la gloria de la virginidad; bienaventurada eres por tu incomparable realidad; porque como tú en el mundo nadie podrá existir”.


El místico jesuita, Venerable padre Luis de la Puente refiriéndose a la Virgen, hizo una interpretación formidable aplicada a las ocho bienaventuranzas que proclamó Jesucristo:


“También sois bienaventurada con las ocho bienaventuranzas que vuestro Hijo predicó en el monte: sois pobre de espíritu, y es vuestro el reino de los cielos; sois mansa, y poseéis la tierra de los vivos; llorasteis los males del mundo, y así sois consolada; tuvisteis hambre y sed de justicia, y ahora estáis harta; sois misericordiosa, y alcanzasteis misericordia; sois pacífica, y así, por excelencia, sois Hija de Dios; sois limpia de corazón, y ahora estáis viendo claramente a Dios; padecisteis persecuciones por la justicia, y ahora es vuestro el reino de los cielos, como Reina suprema de todos sus moradores”.


SANTIAGO VANEGAS CÁCERES
Guayaquil – Ecuador

Este material fue extraído del libro: María, la Bendita Hebrea.

Este contenido tiene el permiso expreso del autor: Santiago Vanegas Cáceres, para ser publicado en esta Web en Honor Nuestra Señora de La Medalla Milagrosa.

 

   

 

 

 

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